“En todo el trayecto agolpábase la muchedumbre”

Se cumplen 110 años del histórico entierro, en Guadalajara, de la duquesa de Sevillano

17. Cortejo del entierro de la Duquesa de Sevillano a su paso por el paseo de la Estación.- 1916 1Cortejo del entierro a su paso por Guadalajara. Foto: La hormiga de oro. (BVPH)

Fundó instituciones educativas y benéficas, sufragó asistencia sanitaria, repartió ayuda alimentaria. En una época no tan lejana en la que el paternalismo sustituía a la justicia social, su labor fue un salvavidas al que se agarraron miles de alcarreños humildes para sobrevivir. Tal vez por eso el día de su entierro muchas de esas personas se agolpaban en las calles de Guadalajara para darle su último adiós.

Era un 17 de marzo de 1916, hace ahora 110 años, y María Diega Desmaissières y Sevillano, duquesa de Sevillano y condesa de la Vega del Pozo, hacía su último paseo por Guadalajara. Había fallecido ocho días antes, de forma repentina, en Burdeos. En Francia gustaba de pasar largas temporadas refugiándose de los rigores del invierno español y allí le sorprendieron los primeros síntomas de una enfermedad, tal vez un accidente cerebrovascular, que en pocas semanas terminaron con su vida.

Tenía 63 años y dejaba atrás una ingente labor benéfica, gran parte de la cual quedó plasmada en las gentes y en las calles de Guadalajara. Así, promovió un colegio para “niñas pobres y jovencitas descarriadas”, un asilo de ancianos o un poblado agrícola para dar hogar y empleo a familias de labradores humildes.

María Diega Desmaissières era, además, una buena patrona para los suyos, una especie de adelantada a su época en materia de derechos laborales. A los obreros que trabajaban en sus obras les pagaba domingos y festivos, les concedía ayudas sociales, les sufragaba la asistencia sanitaria y hasta ponía escuelas a disposición de sus hijos. Eso le granjeó, entre otras cosas, el título de Hija Adoptiva de la ciudad. En Guadalajara era conocida con el sobrenombre de “Madre de los pobres”.

Titulo 1Título de Hija Adoptiva de Guadalajara. Foto: Ayuntamiento.

La noticia de su fallecimiento, según consta en la crónica publicada entonces por Flores y Abejas en 1916, no se supo en Madrid hasta dos días después.

El cadáver llegó a la capital de España en el expreso del Norte en la mañana del día 17. Allí, el furgón en el que venía fue trasladado por una línea de circunvalación hasta la estación del Mediodía (actual Atocha), donde fue unido a un tren especial. En la estación se verificó una sencilla ceremonia a las ocho y cincuenta. Un pequeño responso e, inmediatamente, la comitiva partió hacia Guadalajara.

A esa hora ya se estaban concentrando en la estación numerosas gentes procedentes de los pueblos vecinos. Estaban también el clero y representantes de la banda provincial. “Allí vimos también a los gobernadores civil y militar, presidentes de la Audiencia y la Diputación —continúa la crónica de Flores y Abejas—, delegado de Hacienda, el Ayuntamiento con sus maceros, comisiones de los centros y sociedades, niños del colegio de Huérfanos y de la Casa de Maternidad, alumnos del Instituto y representantes de todos los colegios, congregaciones religiosas, prensa y sociedades obreras”.

Hormiga Oro2 1Muchedumbre a la entrada del Panteón. Foto: La hormiga de oro. (BVPH)

El tren llegó a la estación a las diez y cuarto de la mañana. El féretro, un arcón de cedro con herrajes dorados, fue depositado en un coche tirado por ocho caballos y servido por cuatro palafreneros.
“Abrían marcha en la comitiva varios números de la Guardia Civil, a la que seguían las cruces parroquiales y un carruaje portador de innumerables coronas”, señalaba en su crónica el madrileño El Diario Español. “Detrás marchaban los niños de la Beneficencia y el clero, cien servidores de la casa con hachas encendidas, porteros y ordenanzas de las corporaciones, la capilla Isidoriana, la banda municipal de música y la carroza mortuoria”.

Muchedumbre

“En todo el trayecto agolpábase la muchedumbre. En las cuestas cercanas al puente veíanse centenares de personas”, afirma la crónica de Flores y Abejas, que apunta, incluso, ciertos problemas de organización del protocolo debido a las aglomeraciones a la salida de la estación.

La comitiva fúnebre entró en Guadalajara por la calle Madrid, plaza de Romanones (actual plaza de España), las calles Barrionuevo y San Lázaro (actuales inmediaciones de la Plaza Mayor y calle Benito Hernando), hasta llegar a la iglesia de San Sebastián, en el palacio de la condesa, actual colegio de los Maristas. Desde allí continuó por la plaza de Moreno, la calle Condesa de la Vega del Pozo y las plazas de Santo Domingo y San Roque hasta alcanzar el Panteón, todavía inconcluso, donde sería enterrada.

PanteonPanteón de la Condesa, en la actualidad. Foto: JCCM.

Según la crónica, allí “la Guardia Civil hacía esfuerzos inauditos para contener a la muchedumbre”. Pero el boato no terminó con el entierro. Había que dar de comer a tanta gente. Así, una vez concluidas las exequias, las personalidades se trasladaron al palacio de Sevillano, “donde se sirvió un almuerzo de noventa cubiertos”. En el Casino almorzaron unos 150 invitados más. Los funerales solemnes tuvieron lugar al día siguiente en la iglesia de Santa María, con tal afluencia de público que muchas personas no lograron pasar del atrio.

Patrimonio

La muerte de la condesa dio lugar también a numerosas especulaciones sobre su patrimonio. Algunos periódicos estimaban su fortuna en 60 millones de pesetas, otros en 120 millones y no faltaban quienes la elevaban hasta 260 millones, según publicaba el diario madrileño La Prensa. A esa enorme cantidad había que sumar propiedades y rentas repartidas por varias provincias españolas.
La condesa, según se decía entonces, murió sin dejar testamento.

DiegaCondesa de la Vega del Pozo y Duquesa de Sevillano. Foto: Wikipedia.

Pero quizá su verdadera herencia no estaba sólo en las cifras. Gran parte de ella quedó en Guadalajara y aún hoy puede contemplarse en la fundación del impresionante conjunto de Adoratrices, el Panteón que le sirvió de última morada o el poblado agrícola de Villaflores.

Más de un siglo después, aquellas piedras siguen recordando el legado de una mujer cuya obra y cuya vida quedó unida para siempre a la historia de la ciudad.

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