Hoy escribo, para reclamar lo que de verdad falta: un poco de cordura colectiva.
Empiezo por lo que más me inquieta. Cada vez más jóvenes empiezan a mirar la democracia como quien mira una reliquia de museo: algo viejo, aburrido, prescindible. Como si votar, protestar o informarse fuera un estorbo y no un derecho conquistado a base de golpes, cárcel y exilio. La democracia no es perfecta, ni mucho menos, pero es el único sistema que nos permite hablar sin miedo, equivocarnos y cambiar las cosas sin que nadie acabe en una comisaría por pensar distinto. Una dictadura no es solo no votar: es bajar la voz en el bar, es leer periódicos que mienten, es estudiar una historia mutilada, es saber que, si molestas al poder puedes perder el trabajo, la libertad o algo peor. Aquí lo vivimos durante cuarenta años y olvidarlo es el primer paso para repetirlo.
Pero el problema no es solo el olvido: es la intoxicación. Los bulos de la derecha y, sobre todo, de la ultraderecha han encontrado en las redes sociales un terreno perfecto. Mentiras simples, eslóganes con apariencia de verdad, vídeos manipulados que apelan a la rabia antes que a la razón. Se repiten hasta que parecen ciertas. Y lo más grave: no buscan convencer, buscan cansar. Que dejemos de distinguir entre información y propaganda, que pensemos que “todos mienten igual” y que, por tanto, ya da lo mismo creer cualquier cosa.
La ultraderecha no necesita tener razón: le basta con sembrar sospecha. Atacan a la prensa, ridiculizan la universidad, desacreditan a los científicos, convierten la complejidad en conspiración. Si un dato no les gusta, dicen que es ideología; si una cifra desmonta su discurso, dicen que es manipulación. Así, poco a poco, se va erosionando la confianza en todo lo que no salga de su altavoz. El resultado es una sociedad más fácil de manejar, más emocional que racional, más dispuesta a aplaudir soluciones autoritarias porque ya no cree en nada.
En este contexto resulta especialmente sangrante lo ocurrido tras algunas de las concentraciones recientes de ciudadanos venezolanos en España. Escuchar a personas llamar a este país “dictadura comunista” mientras viven aquí gracias a sus políticas públicas es una forma muy peculiar de entender la libertad.
Sobre todo, cuando muchas de esas políticas no existían antes de que llegara Pedro Sánchez con su supuesta “dictadura”. Desde 2018, los gobiernos del PSOE empezaron a priorizar las solicitudes de asilo de ciudadanos venezolanos, reconociendo la persecución política y el colapso institucional en su país. Hubo menos limbo administrativo, más resoluciones y más regularizaciones reales que en la etapa del PP. No es un eslogan: es burocracia.
Lo verdaderamente llamativo es aprovechar un sistema que te protege, te regulariza y te permite reconstruir tu vida, para luego despreciarlo desde la comodidad que ese mismo sistema te ha dado. No hace falta dar las gracias, pero un poco de coherencia nunca viene mal.
Y frente a todo esto no valen los gritos ni los insultos. Combatir bulos exige algo que parece revolucionario: pensar. Pararse dos minutos antes de compartir, comprobar una fuente, desconfiar de lo que encaja demasiado bien con lo que ya creemos. La democracia no se defiende solo en las urnas; se defiende también en el dedo que duda antes de reenviar un mensaje.
Luego está Estados Unidos, ese país que va por el mundo dando lecciones de libertad mientras actúa como si las reglas fueran solo para los demás. Décadas de intervenciones, sanciones, golpes de Estado encubiertos, guerras “preventivas” que luego se olvidan cuando dejan de ser rentables. Todo envuelto en discursos grandilocuentes sobre derechos humanos, pero con demasiados contratos armamentísticos y demasiadas multinacionales detrás.
No se trata de antiamericanismo fácil, sino de memoria. Vietnam, Irak, Afganistán, América Latina… demasiados lugares donde la palabra “democracia” llegó de la mano de bombas, corrupción y gobiernos títeres. Mientras tanto, quienes se atreven a cuestionar ese papel imperial son acusados de antipatriotas o de estar “con el enemigo”. No puede ser que las normas internacionales solo se apliquen a los países pequeños y que las potencias jueguen a ser árbitros y jugadores al mismo tiempo. Y, por supuesto, las guerras que no salen del telediario. Ucrania contando muertos, Gaza desangrándose ante una comunidad internacional que se indigna de día y se olvida de noche. Ya está bien de justificar lo injustificable mientras los civiles pagan siempre el precio más alto.
No pido milagros. Pido memoria, pensamiento crítico y un poco de decencia. Porque sin eso, ninguna sociedad es realmente libre.
Eusebio Robles
Vicesecretario de Coordinación y portavoz de PSOE Guadalajara






