Hay días en los que termino de escuchar un debate político y me quedo pensando en qué estamos haciendo. En qué momento empezamos a aceptar que una humillación merece un aplauso. Que un insulto demuestra carácter. Que escuchar a quien piensa distinto puede interpretarse como una debilidad.
Me preocupa. Y quiero decirlo desde un lugar muy personal: a mí las palabras me importan. Me afectan. Detrás del alcalde hay una persona que siente, que se equivoca y que vuelve a casa con algunas conversaciones todavía dando vueltas en la cabeza. Tener una responsabilidad pública no hace que uno deje de ser vulnerable.
He aprendido a aceptar que habrá decisiones que no gusten, críticas que duelan y personas a las que no conseguiré convencer. Forma parte de esta tarea. Debemos dar explicaciones, responder por nuestros errores y escuchar incluso cuando resulta incómodo. Pero me resisto a aceptar que dedicarse a los demás obligue a acostumbrarse al desprecio.
Me preocupa especialmente una derecha que acepta que la extrema derecha le marque el tono y después pretende presentarse como moderada. La moderación debe demostrarse poniendo límites a los propios aliados, incluso cuando hacerlo tenga un coste. Quien utiliza el miedo y la sospecha para enfrentar a la ciudadanía debe responder por ello. La convivencia merece más respeto que cualquier cálculo electoral.
Conozco a personas conservadoras con las que puedo discrepar profundamente y mantener una conversación honesta y valiosa. Por eso me parece especialmente grave que algunos dirigentes ofrezcan a esos ciudadanos una política de hostilidad permanente. A la derecha democrática le corresponde elegir: frenar a quienes degradan el debate o asumir la responsabilidad de darles espacio y legitimidad.
Cuando se presenta al adversario como alguien indigno de formar parte de la vida democrática, se está atacando una de sus bases: aceptar que los demás tienen el mismo derecho a participar y gobernar. Ningún partido es dueño de España. Ninguna bandera concede superioridad moral. Y perder una votación no autoriza a cuestionar la legitimidad de quien la gana.
Y cuando aparecen amenazas o insinuaciones violentas, callar para no incomodar a los propios es una irresponsabilidad. La condena debe ser inmediata y clara. Quien ocupa un cargo público y tolera la intimidación porque perjudica a su adversario está incumpliendo una obligación democrática elemental. No puede pedir respeto para sí mientras encuentra excusas para negárselo a los demás.
Asumí la alcaldía de Azuqueca después de las elecciones de 2023, tras la marcha del anterior alcalde. Desde esa responsabilidad, tengo claro que debo trabajar para toda la ciudadanía, también para quienes no comparten mis ideas, desconfían de mi gestión o desean que otra persona ocupe mi lugar. Sus problemas merecen mi atención. Sus derechos merecen mi defensa. No necesito que estén de acuerdo conmigo para sentir esa obligación.
La política municipal te recuerda algo que a veces se pierde entre discursos: las personas son mucho más que su voto. Un vecino puede criticarte por la mañana y necesitar tu ayuda por la tarde. Y tú debes estar ahí. Con la misma disposición, con el mismo respeto.
Como profesor, esta preocupación me acompaña también al aula. Pedimos a nuestros jóvenes que dialoguen, que no se burlen de un compañero, que aprendan a resolver sus diferencias sin hacerse daño. Después encienden una pantalla y ven a adultos con responsabilidades públicas comportándose de una manera que jamás aceptaríamos en clase.
Me pregunto con qué autoridad les pedimos respeto si nosotros encontramos siempre una justificación para faltar a él.
Por eso esta reflexión también me compromete. Soy socialista y tengo convicciones que defenderé con firmeza. Esa pertenencia me obliga a señalar el desprecio cuando aparece entre los míos. Si alguna vez mis palabras han hecho daño injustamente, quiero tener la honestidad de reconocerlo y corregirlo. No sería creíble pedir a otros una conducta que yo no estuviera dispuesto a practicar.
Creo que podemos hacer las cosas de otra manera. Pero necesitaremos decisiones concretas.
Los partidos deben dejar de recompensar a quienes más humillan. Si una organización mantiene, promociona o aplaude a quien amenaza, sus apelaciones al respeto pierden credibilidad. Debe haber rectificaciones y consecuencias políticas. Y los dirigentes que se consideran moderados deben demostrarlo cuando el insulto sale de sus propias filas, no solo cuando lo reciben.
También necesitamos volver a dedicar tiempo a lo que preocupa a la gente. A escuchar a quien no llega a fin de mes, a quien espera una respuesta de la Administración, a quien necesita cuidados o busca una oportunidad. Cada hora que consumimos alimentando una pelea es una hora en la que alguien sigue esperando que hagamos nuestro trabajo.
No tengo una respuesta sencilla para acabar con esta agresividad. Pero sí una convicción: debemos dejar de confundir la brutalidad con el carácter. Insultar desde una tribuna, arropado por los aplausos de los tuyos, exige bastante menos valor que reconocer un error o frenar un abuso de tu propio partido. Yo quiero una política capaz de hacer esto último.
Quiero ejercer mi responsabilidad de esa manera. Con firmeza, con cercanía y con la disposición de aprender. Habrá días en los que me salga mejor que otros. Pero quiero que ese sea el criterio con el que se me mida.
Cuando pienso en lo que me gustaría dejar de mi paso por la alcaldía, pienso en las cosas que hay que sacar adelante y en las personas a las que podemos ayudar. También pienso en cómo se habrán sentido quienes se acercaron a mí. Si los escuché. Si los traté con dignidad. Si fui capaz de discrepar sin hacerles sentir que sobraban.
Ojalá quienes vengan después encuentren una vida pública en la que merezca la pena participar. Una en la que puedan defender lo que creen y volver tranquilos a casa.
Me niego a acostumbrarme al odio. Y me niego a aceptar que, para defender mis ideas, tenga que renunciar al respeto que les debo a los demás.
Miguel Óscar Aparicio de Lucas
Alcalde de Azuqueca de Henares






