90 aniversario del alzamiento en la ciudad contra la República
La sublevación terminó cuando el oficial Ortiz de Zárate se rindió. Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Crónica)
Pasaba ya el mediodía de aquel martes cuando un tableteo estrepitoso rompía la aparente calma de Guadalajara. Era un día cualquiera de julio y la calle Madrid y las inmediaciones de Cacharrerías se veían sorprendidas por un fuego abierto de ametralladoras. El tiroteo partía del acuartelamiento de San Carlos, en las actuales ruinas del Alcázar Real, y comenzaba a subir hacia Galán y García Hernández, hoy plaza de España. Guadalajara se acababa de alzar en armas contra la República inaugurando, de esta forma, uno de los capítulos más tristes y ominosos de su historia. Este 21 de julio se cumplen 90 años de aquellos hechos.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Crónica)Entre gritos, carreras y algaradas, en poco más de una hora los militares sublevados consiguen llegar y hacerse con el Ayuntamiento. Lo cuenta Javier Solano en su obra “Guadalajara durante el Franquismo: memoria de la ciudad”. “Las primeras muestras de resistencia republicana se organizan en la plaza de Diego García, el Jardinillo”, afirma en su libro el polifacético arquitecto. “Su inferioridad numérica es obvia, por lo que se entregan sin hacer frente”.
Los sublevados prosiguen en su avance y llegan hasta la actual plaza de Santo Domingo, un lugar estratégico y de gran valor simbólico en la parte más alta de la ciudad. Allí abren fuego contra el Gobierno Civil y la Casa del Pueblo. En la zona empiezan a concentrarse fuerzas que secundan el golpe. Al atardecer, la ciudad está ya dominada por las fuerzas rebeldes, que detienen a numerosos ciudadanos, militantes o simpatizantes de izquierdas. Los militares que estaban encarcelados en la Prisión Central, por el contrario, son puestos en libertad.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Crónica)Hervidero
Las ráfagas que partieron del cuartel de San Carlos al mediodía de ese martes solo rompieron la tranquilidad de “cristal” en la que estaba sumida la ciudad. Tras la extensión a la península de la sublevación del Ejército de África, el 18 de julio, Guadalajara había convertido a la ciudad en un hervidero de noticias, rumores y movilizaciones. La violencia política ya había comenzando en la provincia, con el asesinato en Sigüenza del militante de izquierdas Francisco Gonzalo “el carterillo”.
El contingente militar de la ciudad está compuesto por el Regimiento de Aerostación, el cuartel de San Carlos, el colegio de Huérfanos de Guerra, los talleres de la Maestranza de San Francisco y la Prisión Militar. Parece ser que no hay síntomas de rebelión, aunque la realidad es bien distinta. Lo cuenta Javier Solano en su libro. “Durante esos días todos han podido ver como en el despacho del comandante Rafael Ortiz de Zárate la luz estaba encendida hasta altas horas de la madrugada”.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Ahora)Las autoridades republicanas, mientras, pulsan la opinión de los militares y estos se reafirman en su respeto a la legalidad vigente. Parecía que Guadalajara estaba a salvo de una sublevación. Pero, efectivamente, Ortiz de Zárate, presidente de la Junta Militar de Guadalajara y miembro de la antirrepublicana Unión Militar Española, no había perdido el tiempo con sus desvelos. El golpe estaba preparado.
“Tras los primeros escarceos en la calle Madrid y la llegada a la actual Santo Domingo, los sublevados destituyen al gobernador civil Miguel Benavides y declaran la guerra al gobierno legítimo de la República” relata Javier Solano en su obra. Los sublevados esperaban los refuerzos de la columna navarra del coronel García Escámez, ya en el norte de la provincia; sin embargo, este no acudió al no recibir la orden expresa del general Mola.
A las cinco de la madrugada del día 22 comienza la reacción de la República. Un avión sobrevuela Guadalajara en misión de reconocimiento. Una hora más tarde se producen los primeros bombardeos contra los sublevados. A las 11,00 de la mañana empiezan los tiroteos en la zona baja. La artillería republicana está a las puertas de la ciudad.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Ahora)La reconquista está dirigida por el coronel Jiménez Orge y cuenta con el apoyo de la columna del coronel Ildefonso Puigdendolas que, tras la caída del cuartel de la Montaña y el fracaso de alzamiento en Madrid, recibe el encargo de sofocar la rebelión en el corredor del Henares. Ha dominado ya el levantamiento en Alcalá de Henares y ahora, junto a las milicias anarquistas de Cipriano Mera, avanza sobre Guadalajara.
El enfrentamiento se plantea como una verdadera batalla de conquista, una guerra por el control de la ciudad. Los rebeldes se hacen fuertes en la cárcel, el Cuartel de Aerostación, el antiguo Hospital Militar (en el entorno de Santo Domingo) y, sobre todo, el Colegio de Huérfanos (en el Palacio del Infantado).
Para defender Guadalajara Ortiz de Zárate ha colocado nidos de ametralladoras en las terreras del Henares, desde donde se domina el puente que da entrada a la ciudad. También las hay en los campos de labor sobre el Campo de Tiro (actual zona de Manantiales), la azotea del Banco de España (en su ubicación actual) y en el Cerro del Pimiento, sobre el valle del Henares. Los rebeldes han atravesado un camión en el puente para frenar el avance republicano.
Todo ello no va a hacer sino retrasar la reconquista de Guadalajara. Y es que las fuerzas leales a la República disponen de más de 2.000 hombres armados, con baterías, carros blindados y el apoyo de la aviación. Al ver que el puente está bien defendido se decide vadear el río y entrar en la ciudad por distintos lugares.
Hay momentos de lucha cuerpo a cuerpo por las calles de la ciudad y episodios que, si no fueran trágicos, moverían a cierta comicidad. Ante la imposibilidad de distinguir al aliado del enemigo, pues en muchos casos vestían el mismo uniforme, los leales a la República se colocan pañuelos rojos en el brazo.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Ahora)El 8 de agosto el periódico Abril publicaba una crónica sobre la batalla. “Al final el combate se fue reconcentrando en las zonas de la Era Alta y la salida del Puente hacia Cacharrerías. Contra la vanguardia de la primera hacían fuego los rebeldes, que retrocedían desconcertados, siendo protegidos en su huida por algunas ametralladoras, como las que tenían emplazadas en la azotea del Banco de España”. El levantamiento se reduce en pocas horas. A las siete de la tarde la resistencia ha terminado. Miguel Benavides es restituido en su puesto como gobernador civil de la provincia.
Ejecuciones
Aún queda un foco de resistencia en el Cuartel de Aerostación, pero el alzamiento contra la legalidad republicana ha sido aplastado. Se inicia entonces uno de los capítulos más tristes en la historia de la ciudad. Las ejecuciones de un bando tendrán su respuesta más pronto o más temprano por parte del contrario.
Ortiz de Zárate, que defendía personalmente el nido de ametralladoras junto al puente del Henares, es detenido. Será uno de los primeros fusilados. También serán pasados por las armas numerosos militares que han participado en el levantamiento. Dice en su libro Javier Solano que “dominado este por entero, se inicia una matanza indiscriminada de jefes y oficiales. Esa misma noche, Guadalajara va a contemplar una brutal represalia a cargo de milicianos incontrolados”.
Foto: Colección Albero y Segovia (Biblioteca Nacional - Ahora)El historiador Juan Carlos Berlinches secunda totalmente esta afirmación. En su obra “Violencia Política en la Provincia de Guadalajara 1936-1939” recoge que, tras la inicial “reconquista de la ciudad” por las tropas republicanas “se produjeron fusilamientos y asesinatos sin ningún tipo de control o legitimidad legal”. En algunos casos, asegura, fueron las autoridades republicanas las que intentaron detener estos hechos. “El Gobernador Civil emitió un primer bando, el 28 de julio, intentando atajar esta situación” recuerda Berlinches en su obra. Sin embargo, la medida no debió de surtir los efectos deseados, ya que el edicto hubo de repetirse a mediados de agosto.
Una de los episodios más trágicos de esta represión ocurrió el 6 de diciembre de 1936. La aviación franquista había bombardeado la zona norte de la ciudad, produciendo numerosas víctimas en el barrio obrero de la Estación. Por la tarde un batallón de milicianos asalta la cárcel de Guadalajara y fusila a 282 presos políticos y religiosos. En la cárcel de mujeres también fueron fusilados otros 20 presos en circunstancias similares. Berlinches niega que las autoridades tuvieran nada que ver “la República no pudo controlar el impulso”, afirmaba el historiador a este diario en una entrevista publicada por Santiago Barra en 2014.
En su obra sobre la violencia política, Juan Carlos Berlinches afirma que tras la reconquista de la ciudad muchos milicianos se lanzaron a la provincia “campando a sus anchas por los campos de Guadalajara realizando detenciones”. En algunos casos, afirma el autor, pudieron encontrar la complicidad de las autoridades mientras que, en otros, ·fueron ellas mismas las que cortaron de raíz cualquier posibilidad de violencia descontrolada.
Sigüenza
Tras los sucesos de la capital la situación, en el resto de la provincia, fue parecida. En la Alcarria y la Campiña el golpe fracasó, por lo que los pueblos y ciudades permanecieron bajo control republicano; sin embargo aparecieron comités revolucionarios y empezó la violencia política. Uno de los casos más destacados fue el de Sigüenza, a la que llegan columnas de milicianos entre el 24 y 25 de julio. El obispo, Eustaquio Martín Nieto, fue asesinado tres días después. Los sublevados no tardarán en intentar asaltar la población, aunque la plaza resistirá. El capítulo final será el asedio a la catedral, donde se hicieron fuertes los últimos defensores. El cerco comenzará el 8 de octubre, durará ocho días y concluirá con la rendición de los milicianos encerrados.
Mientras, el Señorío de Molina quedó prácticamente aislado del resto de la provincia debido a su proximidad con Aragón, bajo control de los sublevados desde los primeros días. La ocupación oficial de la ciudad de Molina se produjo el 6 de agosto de 1936, según refleja el historiador Alan Herchhoren en su obra “La lucha guerrillera durante la Guerra Civil”.
Durante casi tres años la provincia fue escenario de importantes enfrentamientos y de otros que, sin entrar en los libros, supusieron una lucha diaria fraticida. El 29 de marzo de 1939 el Ejército sublevado entraba en la capital. La guerra terminaba, pero no llegaba la paz “era la hora de la venganza y del ajuste de cuentas. Comenzaba la posguerra y, con ella, una represión indiscriminada que afectaría a un buen número de Guadalajareños”, asegura Berlinches.
Las estadísticas las recoge el Foro de la Memoria de Guadalajara. Entre 1939 y 1944 se fusilaron más de 820 personas en el cementerio de la capital “en cumplimiento de sentencia parajudicial”. El año más trágico fue 1940, en el que se realizaron casi 600 ejecuciones. A todo ello, asegura el Foro en su página web, se deben sumar “los deportados a los campos nazis, los muertos por enfermedad y malos tratos en las prisiones, los asesinados al regresar de la guerra, los arrojados a cunetas, al campo o los asesinados durante la guerra en la retaguardia fascista”.
El tiempo ha aplacado el dolor, pero la herida aún sigue sangrando. Demasiado odio, demasiados muertos. Y todo ello desde que, pasado el mediodía, un ruido de ametralladoras rompía el silencio en la calle Madrid...hace ya 90 años.
Nota de redacción: Este artículo estaba preparado para su publicación el pasado lunes 21. Dado que la actualidad estaba centrada en el incendio se ha pospuesto para que no perdiese la importancia del recuerdo de este aniversario y de algo que nunca debió ocurrir.







